EL ANDREION

Quieran tus dioses y los míos
que Amor nos alimente el vientre.
No hay ser más afortunado
que aquel que bebe en unos labios
a un dios enamorado y a su sangre.
(De "Ecbatana", 1998)

BITÁCORA DEL ESCRITOR ESPAÑOL JUAN GARCÍA LARRONDO.

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viernes, 31 de mayo de 2013

UN AÑO SIN FAELO ESTEBAN POULLET

Pasan los días, las circunstancias, los anhelos incumplidos, los inesperados... Pasan las injusticias, las hipócritas efemérides. Cada día es un fin del mundo, cada amanecer un bucle y un espejismo de la resurrección. Mañana hace un año que todos a quienes nos importabas morimos un poco contigo, amigo Rafael. Pero no es verdad. El único que se marchó, me cuesta creer que a un lugar mejor, fuiste tú. Los demás asistimos impávidos a tu funeral católico (cuando morimos ya no respetan nuestros deseos). En un estado laico y políticamente correcto, no hay lugar para llorar a nuestros muertos siguiendo otros ritos paganos. Hay hornos crematorios que son mucho más rápidos y eficientes que las piras funerarias. No hay tiempo ni energía ni ocasión para apostatar, ni siquiera en el último momento. Quienes te conocíamos asistimos perplejos cómo te despedíamos siguiendo rituales y protocolos en los que ni tú ni muchos otros creíamos. Se hace de buena fe, naturalmente. Pero qué lástima no poder haberte honrado como sé que tú hubieras preferido. No obstante, en la intimidad de nuestras almas, aún podemos seguir queriéndote y respetándote como quién realmente eras. Yo guardo tus manuscritos, esos subversivos que te hacían tan especial y tan cómplice de mis propias rebeldías. Guardo aquel prólogo tan magnánimo que me escribiste en la primera edición del "Teatro de la Memoria". Guardo el original de "El discípulo amado", ese guión imposible que el cineasta Barrachina llevó al cine desposeyéndolo de toda su grandeza y convirtiéndolo en un intragable "belén viviente". Tengo tus piedras, esas que me traías de Tebas, de Palmira, de Grecia o de Villa Adriana y que me regalabas, tras tus viajes, por que sabías lo que para mí significaban. Tengo tu cuadro de San Sergio y San Baco abrazados, que simbolizaba todo cuánto creíamos y todo cuánto nos han ocultado, tus postales, tus fotos... Los ratos pasados juntos en "Rosa del Mar", frente al océano, riéndonos de felonías vaticanas milenarias o de cosas mucho más trascendentales.
 
Rafael Esteban Poullet y Juan García Larrondo en "Rosa del Mar", El Puerto. Año 2002.
 
...Ratos pasados y compartidos con amigos comunes: poetas, locos, visionarios, gente que gritamos para ser escuchada y que no pasaremos de esta efímera gloria. Tu sí. ¿Sabes que le han puesto tu nombre a la Biblioteca donde trabajo? Han colocado unos bellos versos tuyos junto al ascensor y, cada vez que entro para seguir construyendo la pirámide, me acuerdo aún más de ti y de las veces que ibas a visitarme y a pedirme libros extraños.
 
Te echo de menos, Faelo. Añoro tu lucidez, tu culto humor. Añoro las veces que me instabas a acabar esa "novela" que se suponía iba a revolucionar el mundo y que, ya ves, jamás acabo y jamás escandalizará a un mundo donde la gente ya no se escandaliza de las verdades, si no de lo que le marcan los rotativos de un periódico o las éticas de turno. Terminé de construir mi "Andreion", ¿sabes? A los pocos días de tu muerte, en mi jardín, ya había un trocito donde evocar tiempos mejores y colores pompeyanos. ¡Cómo me hubiese gustado compartir un vino contigo en los triclinios! A la sombra de Hércules, Zeus, Aquiles, Patroclo o nuestro admirado Adriano...
 
 
"El Andreion" de la casa del escritor García Larrondo
 
Te echo tanto de menos... En un año he descendido a sitios tristes. He vivido la marcha, tan injusta, tan inesperada, de otros amigos. He revivido el amor y el Dios Amor me ha castigado destruyendo la poca ilusión que me quedaba, ya de por sí arruinada. No se acabó el mundo el año en que te fuiste. Se está muriendo todos los días. Es como morir, resucitar y haber perdido la memoria, ignorando que horas después vamos a morir de nuevo. No sé si estás mejor donde estás ahora. Yo sigo pensando, un año después, que sigues en el Elíseo, esperándome, esperando a todos los que te quisimos. Que estás acompañado de Quirón, de Sócrates, de Plutarco y del mismísimo Jesús con su discípulo amancebado, dándote la razón, dándole oficialidad a tu evangelio de historias de amor que jamás quisieron ser contadas y diciéndote que no eras tú el equivocado.
 
Me gustaría explicarte tantas cosas... Me gustaría tanto que aún estuvieras entre nosotros que lo único que puedo sostener es una llama simbólica en tu memoria. La misma en la que quiero arder un día, junto a tu túmulo y tu pira, con tus armas y tus manes, y mezclarme con tus cenizas como solían hacer con los cuerpos muertos de los camaradas que perecían noblemente en las batallas.
 
Esta noche encenderé una vela en el andreion en tu memoria. Y me emborracharé, para olvidarme de lo larga y triste que es la vida desde que te marchaste y de la pobreza intelectual y espiritual en la que nos has abandonado. ¡Por ti, Faelo! ¡Salve!



Rafael Esteban Poullet en "Rosa del Mar", antigua casa del escritor Juan García Larrondo. Año 2002.



A continuación se reproduce el artículo que Juan García Larrondo escribió tras la muerte de Rafael Esteban Pollet y que se publicó en el Diario de Cádiz el día posterior a su fallecimiento.



ANACREONTE EN EL ELÍSEO

 
 
Querido arcángel Faelo:

Se acabó por fin este injusto exilio, similar al de tu admirado poeta Anacreonte al que de forma tan ubérrima y apócrifa nos evocaste en uno de tus libros. Concluyó la espera. Te has marchado, solo en parte, para regresar al lugar que te pertenece en el Elíseo, a ese paraíso de otros tiempos más nobles y elevados, donde la belleza de las almas y los cuerpos aún podían conciliar a los hombres con sus luces y sus sombras. Has decidido abandonar la melancolía constante, el sempiterno anhelo de la que en verdad fue siempre tu tierra amada y a la que solo se regresa atravesando estigias aguas. Te imagino lúcido, pícaramente displicente, luminoso silvano atravesando atrios y salas decoradas con mosaicos y frescos mitológicos. Te vislumbro aposentándote entre tus semejantes, en plácido simposio donde no habrá de faltarte ya más nunca ni el placer de un buen vino ni el calor de un joven afecto, a la lumbre de iniciáticos ritos, platicando sofismas o recordando aventuras de algún héroe mítico cuyos amores le abocaron a entregar la vida en la batalla o en algún túmulo próximo al Gólgota. Has regresado a casa, al andreion donde sueños, tiempos y quimeras cobran finalmente el sentido y el lugar en el que todo encaja y corresponde. Eras Anacreonte en el exilio, y ahora yaces en el Elíseo, levantando arquitecturas que en tu cuerpo de mortal eran imposibles, elevando discursos que en nuestras mentes de esta caduca Europa, en vez de líricas, sonaban a incorrectas, a fantasiosas, a obsoletas… ¡En qué pobreza nos dejas y en qué momento donde tanta falta nos hacen mentes preclaras como la tuya!

Mi querido arcángel Faelo. Al igual que para el amor, nunca hay palabras suficientes para definir la muerte: ese tránsito que a todos nos aguarda. Me dejas… Nos dejas a todos cuantos te quisimos y te querremos siempre con una sensación de vacío y de desamparo tremendamente dolorosa. Por eso me empeño en imaginarte en ese paraíso heleno que sé que apreciabas y añorabas tanto. Nos dejas huérfanos de tu versatilidad, de tu inteligencia, de tu inmenso talento como artista y como creador, de tus colages y de tu máquina de escribir versos maravillosos… pero sobre todo, nos dejas rotos por tu ausencia. Nos queda tu obra, sí, menos mal, pero inexplicablemente inédita en gran parte. Nos queda tu recuerdo, tu complicidad y el orgullo de haber compartido contigo una parte de tu fructífera existencia. Allá donde estés, resérvame un lugar junto a tu triclinio y ayúdame a encontrar tu luz cuando me llegue a mi también la hora de abandonar este exilio en el que me has dejado y en el que tanto me enseñaste. Te despido citando tus propias palabras: “Ahora que el dios está contigo, que la gracia te llena y magnifica, no te niegues al beso y a la caricia, y embriagado del néctar de Dioniso, entrégate en los brazos que te plazca”.

            Que la tierra te sea leve, amigo mío, y que volvamos a vernos donde los dioses se encaprichen en citarnos, aunque sea en otro exilio o más allá de las últimas estrellas.

            JUAN GARCÍA LARRONDO
            Siglo XXI después de Augusto.


Para ver el articulo completo en Diario de Cádiz PULSAR AQUI

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PALABRAS DE OTRO DIOS
 
(Reseña al libro "Yo, Juan, el Discípulo amado" de Rafael Esteban Poullet, publicada en el Boletín Cultural de El Puerto, en febrero de 2007)
 

Creo que era Jesús quien decía algo parecido a que toda verdad era un escándalo o, al menos, debía anhelar serlo. Acto seguido me pregunto qué sería exactamente lo que Jesús dijo o dejó de decir (si es que existió la persona o el personaje histórico) y, sobre todo, cómo podríamos discernir de sus hazañas o palabras aquellas que fueron verdaderas de las otras que, con el paso de los siglos, han sido y siguen siendo hoy tergiversadas, manipuladas o mantenidas oficiosamente por la patrística como ciertas. En todo caso, el evangelio que esta novela de Rafael Esteban Poullet nos relata en primera persona -con la voz de un discípulo ambiguamente amado y alevosamente silenciado como Juan de Betsaida- puede ya ser considerado tan verosímil y sagrado como todos los demás, pues todos, gnósticos o heterodoxos, escondidos o reeditados en miles de ocasiones, todos son invenciones de unos hombres que, cada uno a su manera y al servicio de sus causas, imaginaron o recrearon las palabras de su dios y nos las legaron para que las desoyéramos o para que las orásemos en multitudinarias homilías. “Yo Juan, el discípulo amado” es una remembranza tan ficticia y tan plausible como cualquier otro de los textos bíblicos: escrita a la manera de los arcaicos cronistas de visiones, con esqueleto orgánico de guión cinematográfico casi imposible, crónica exhaustiva de investigación que no persigue ser novela histórica pero que acaba pareciéndolo y siendo, además, algo distinto. Tan distinto y tan revelador que profundiza en los sentimientos más humanos de Jesús, uno de los iconos más fascinantes y más influyentes de nuestra civilización hasta rozar, según quiénes, la blasfemia y, según otros, ensalzar la historia de unos besos y de un amor callados o, “jamás contados” como precisaría el autor. No es esta una obra apta para fundamentalistas, ni para aquellos que se rasgaron las vestiduras tras la publicación de “El Código Da Vinci”, ni tampoco para hierofantes de verdades absolutas. Tampoco es una hipótesis. Es, si me apuran, uno de los evangelios que faltaban y, en cualquier caso, el aliento de un hombre que, como todos los demás, necesita oír el nombre de su amor y de su sueño pronunciados por las palabras de otro dios. Para tolerantes, exégesis y hermenéutica absolutamente recomendadas.

Juan García Larrondo
Febrero 2007

2 comentarios:

  1. http://www.youtube.com/watch?v=P-7moc6I9Jg&feature=player_embedded

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    1. Gracias. A Faelo le habría encantado. Que la vida sea luminosa para ti, anónimo comentarista. Y para todo aquel que ya está ciego de tanto andar en las tinieblas...

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