EL ANDREION

Quieran tus dioses y los míos
que Amor nos alimente el vientre.
No hay ser más afortunado
que aquel que bebe en unos labios
a un dios enamorado y a su sangre.
(De "Ecbatana", 1998)

BITÁCORA DEL ESCRITOR ESPAÑOL JUAN GARCÍA LARRONDO.

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domingo, 21 de agosto de 2011

EN MI MOLESTA OPINIÓN: MAGNÍFICAT



Ante la apoteosis cristiana que vivimos estos días con la celebración del JMJ y la visita del Papa, no me queda más opción que rendirme y hacer acto de contrición. Es tanta la vehemencia mariana con que los medios de comunicación nos relatan los actos del encuentro, tan entrañables las estampas que nos retransmiten de esos jóvenes a los que vemos por televisión, tan lozanos y rebosantes de optimismo que, emocionado, hasta a punto he estado de derramar “una furtiva lágrima”. Pido perdón a mis fans más fundamentalistas, pero lo digo totalmente en serio. De hecho, hasta he sentido sana envidia de esa euforia y esa alegría que desprenden, de esa fe, de ese convencimiento y esa bendita abnegación carente de complejos. Yo, que me formé entre Jesuitas y recibí una férrea educación católica, confieso que, a esas edades, incluso más jovencito, era ya un triste existencialista que rehusaba de catecismos, de misas y que prefería la condena eterna antes que tener que comulgarme. Más tarde, ya convertido en rebelde adolescente martirizado por el acné y otros conflictos más terrenales que espirituales, me resistí a soportar la carga de ningún pecado original ni el remordimiento de haber sido cómplice de crucificar a ningún supuesto nazareno. Caí precipitado, cual ángel luciferino, directamente al ostracismo de los ateos y los agnósticos y, desde entonces, malvivo sobrellevando como puedo mis dudas, mis escasísimas certezas y mi hedónico paganismo con mis visitas clandestinas a Santa Rita para suplicarle deseos imposibles. Veo ahora a esos jóvenes creyentes, tan ufanos, y no puedo evitar sentir cierta tristeza de no haber experimentado nunca algo parecido. Sin duda, mi vida habría sido más fácil si hubiese tenido la más mínima certidumbre de la existencia de Dios, si en lugar de a temerlo, me hubiesen enseñado a comprenderlo y a no sentirlo opuesto a mi naturaleza. Me habría sido de gran consuelo confiar en la resurrección y en la posibilidad de un Cielo de hombres justos. Pero, lamentablemente, no pude creerme nada de todo eso. Me queda la esperanza de que, si es cierto que Dios nos creó a todos a su imagen y semejanza, imagino que en la Bóveda Celestial habrá un apartado también para los laicos “buenos”. Y si yerro, como aquí no te exigen permanencia, siempre tendrá uno la oportunidad de arrepentirse en el último momento, ¿no? Al fin, con tantas ventajas y tanta epifanía vaticana, cualquier día de estos me vuelvo al redil, fíjense lo que les digo.


Publicado en suplemento "Pasarela de Verano". Periódicos Grupo Joly. 21 agosto 2011

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